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la moneda ¿cara o cruz?

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la moneda ¿cara o cruz?

Mensaje  federico el Lun Ago 09, 2010 4:56 am

Parecía una moneda corriente.
De hecho, si no se estudiaba detenidamente, podías confundirla con una moneda más de veinte duros. Por uno de los lados estaba cuidadosamente acuñado el rostro de Su Majestad. El texto “JUAN CARLOS I REY DE ESPAÑA. 1988.” rodeaba aquél inexpresivo rostro, dotando de cierto aire de grandiosidad a la imagen. Al otro lado se podía ver perfectamente el escudo español acompañado de las palabras “CIEN PESETAS”, como anunciando el valor del objeto.

Si se contemplaba la cara de la moneda, y si se tenía suficiente valor -o se carecía de escepticismo-, uno podía ver como el rostro esbozaba una ligera sonrisa mientras te devolvía la mirada.

Tener esa moneda era como poner un pie en el infierno. Aunque, de hecho, no era difícil intuirlo. La mente tiene una facilidad especial para presentir aquello que le amenaza. Como una especie de alarma que se dispara en el cerebro cuando las cosas no van como deberían. Porque si esa moneda llegaba a tu bolsillo, las cosas no iban como deberían.

Había perdido el brillo con los años, y se veía malgastada. Al observarla, cualquiera podía pensar que había visto muchos bolsillos, y compartido muchas manos. Y tendría razón.

Estuvo una vez en manos de Jorge, un panadero del barrio madrileño de Carabanchel, quien se la dio a Luis como cambio, un 25 de Marzo en el que éste no tenía más que un billete de mil pesetas para pagarle. En aquel instante, Luis sintió un terrible escalofrío que le recorrió toda la espalda.

Jorge, que siempre solía tener problemas con el cambio había pedido ese día a María, su esposa, que le diera unas pocas de las monedas sueltas que guardaban en el cajón.

Cuando María cogió las monedas, tuvo un repentino ataque de asma. Los médicos diagnosticaron que había sido algún tipo de reacción fóbica. Luis acabaría pagando con esa moneda a Sergio, por un reloj de muy buena marca que, según él, había conseguido muy barato. Luis tampoco quiso saber mucho más.

Y Sergio…


Sergio no tenía hermanos. Su madre trabajaba casi todo el día como asistenta para ganar un sueldo que apenas sí les permitía llegar a él y a ella a final de mes. Él hubiera dejado el instituto para buscar trabajo, pero ella se empeñaba en que no descuidara sus estudios. Durante una pequeña temporada estuvo secretamente empleado en una pizzería del barrio, bajo un horario criminal, y ganando un pésimo sueldo. El día que su madre le descubrió hubo una gran discusión, la cual podían llegar a escuchar sus vecinos si prestaban un poco de interés.

Las amistades que Sergio frecuentaba tampoco eran –si se me permite– las más aconsejables para un chaval de su edad. Aquella gente parecía más preocupada en cómo poder llevarse algún artículo valioso de una tienda sin ser cazado, más que en como aprobar los exámenes que estaban a la vuelta de la esquina. Era la clase de gente cuyo lema “Vive rápido y a tope” parecía caerles como le caería un traje hecho a medida a algún ejecutivo importante.

Cuando Sergio cogió la moneda selló su destino.

Ese día, aquella desgastada moneda de veinte duros compartía espacio con otras dos monedas de cinco duros y con un duro. También allí, como un extraño, descansaba un penique. Lo encontró hará cerca de un año tirado en el suelo, muy cerca del borde de la acera, refugiado del sol bajo un desvencijado coche del que su dueño debió haberse desecho hace ya bastante tiempo.

- ¿Has visto a esa? Está como un tren. –Le comentaba Jorge, uno de la pandilla, al tanto que señalaba a una hermosa joven que estaba al otro lado de la calle. La muchacha vestía prendas poco usuales para la época del año, y sus largas piernas habían atraído la atención de los dos chavales, que la observaban con lujuria. Apoyada en la pared, miraba a uno y otro lado, como si esperara a alguien.

Miguel, el sacerdote de la iglesia, que paseaba por ahí esa mañana, dirigió una mirada de reproche a los chicos, la cual fue inconscientemente ignorada. Era un hombre entrado en edad y responsable en sus obligaciones, y todavía creía –aunque no con demasiada fe– que se podía guiar a la juventud de hoy en día por los senderos de Dios.

Sergio y Jorge intercambiaron una pocas palabras sobre el atractivo físico de la chica, y lo hicieron sin demasiada discreción.

- Creo que voy a ligármela. –Dijo Sergio, haciendo intención de levantarse a cruzar la calle. La mano de Jorge se lo impidió.
- ¡Tócate los huevos! ¿y yo qué? –Dijo, como ofendido.
Le miró durante un momento. Su mirada mezclaba duda y desafío. Pero Sergio no era de los que pasara por encima de sus amigos. No, al menos, todavía.
- ¿Quieres echarlo a suertes? –Le dijo.
Jorge le devolvía la mirada con actitud también desafiante y dubitativa. Qué diablos, no podía decir que no a un reto.
- De acuerdo. –Dijo con firmeza.
Sergio se metió la mano en el bolsillo, rebuscando. Palpó una moneda grande y la sacó. Era de veinte duros. Se la enseñó a Jorge para que viera que era legal. Él no era de los que hacía trampas.
- ¿Cara o cruz? -Dijo mientras tiraba la moneda al aire. Esta realizó un sinfín de giros, dio vueltas y más vueltas y continuó girando…
- Cara. –Respondía Jorge.
… para acabar de nuevo en la mano de Sergio. Levantó la otra mano y contempló el resultado. Jorge acercó la cabeza con desinhibido interés.
Profirió un taco y golpeó con rabia el suelo.
Era cruz.

Sergio se levantó, con una sonrisa de alegría en su boca, y se dirigió al encuentro de la muchacha. Aunque el semáforo mostraba un muñeco parado de color rojo, una fugaz mirada a ambos lados de la calle le hizo ver que cruzar era seguro.
Volvió a echar un segundo vistazo, al tiempo que echaba a correr con decisión.
Esta vez sí lo vio.
Un coche negro pasó a toda velocidad. El cuerpo salió despedido por el aire y aterrizó en el asfalto. Una gran cantidad de sangre acompañó la caída, y Sergio permaneció ahí, inmóvil.
Su rostro, como el de la moneda, aún sonreían.
Habían ganado la apuesta.

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