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Cuando vea el mar

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Cuando vea el mar

Mensaje  federico el Lun Ago 09, 2010 4:48 am

Escuchó el pitido del tren, convertido en melodía por la distancia. Pronto se marcharía de ese lugar y pondría kilómetros de por medio entre las gentes, los paisajes y su casa. Pronto, todo quedaría atrás y trataría de olvidarlo lo antes posible, aun sabiendo que le iba a costar hacerlo. Pero lucharía contra los malos recuerdos y conservaría los buenos entre los pliegues de su alma.
Un soplo de viento frío procedente de las montañas la reconfortó paulatinamente y la ayudó a concentrarse en luces de colores, en risas, en caricias derramadas por el cuerpo de su marido, en susurros, en sonrisas...
El viento la envolvió como si llevase en sus manos una fina tela prendida de escarcha y quiso respirar hondo para sentir el aire en sus pulmones. Ese aire fresco sería una de las pocas cosas que jamás olvidaría... jamás.

El tren apareció de repente y obligó a la mujer a volver a la realidad. Subió en uno de los vagones y después de desembarazarse del abrigo, se sentó cómodamente y dispuesta a disfrutar del paisaje. Pegó sus manos al cristal ansiando que el mundo transcurriera delante de ella y que cada nuevo árbol, pueblo o montaña superarse con creces lo ya visto, porque necesitaba creer que una vez dejadas atrás esas montañas tantas veces vistas, ese pueblo en el que nació, esos árboles que plantó ayudado por su marido, todo lo que la esperaba iba a ser distinto.
Ya no quería sentirse sola nunca más. La soledad había llamado a su puerta y estaba harta de tener siempre su rostro enfrente y de soportar esa mirada fría, que como dos témpanos de hielo, se le clavaban como cuchillos en el razonamiento.

Atrás, todo atrás. Seguir adelante haciendo todo lo posible para luchar contra la soledad y la apatía.
Seguir adelante... Pero los buenos pensamientos la abandonaron de repente.

Clavó la mirada en las espaldas de un hombre, vestido con un traje de color negro. El hombre no se movía y más bien parecía una estatua que aguanta estoicamente el frío. Ella cerró los ojos, abriéndolos a continuación, pero el hombre seguía ahí, pero esta vez enseñando su cara. Se despegó del cristal con la sangre golpeándole en la garganta he impidiéndole gritar. Pero era él, su marido, aquel al que había enterrado dos días antes, aquel que ayudado por una bala que viajó hasta su cabeza, se dejó llevar por los oscuros abrazos del dolor, que luchando contra su voluntad, consiguió llevárselo para siempre. Aquel, que la palabra suicidio cobró fuerza en su interior y que decidió cortar el hilo que lo mantenía con vida.

Él comenzó a acercarse al vagón del tren. Sus pies no tocaban el suelo y parecía que el gélido viento le hubiese dejado su estela para desplazarse. Ella respiró hondo, volviendo a cerrar los ojos pero de nada le sirvió. El frío se agarró al cristal para devorarlo, dejando únicamente un espacio en medio para que la silueta de él quedase enmarcada.
- No puede ser, estas muerto... muerto.
Él comenzó a mover los labios. Pero ella no podía entender que es lo que decía. Trató de concentrarse en los movimientos de los labios, pero no consiguió dilucidar ninguna palabra.
El tren comenzó a moverse. Un leve tirón estuvo a punto de hacerla caer al suelo, pero pudo mantener el equilibrio. Tan solo unos instantes invirtió en mirarse los pies y en volver a levantar la cabeza hacia el cristal, comprobando que él ya había desaparecido. El cristal había cobrado si nitidez y enseñaba el paisaje en lento movimiento. Se acercó a él para saber si su marido continuaba en el anden, pero este ya no estaba.
Se sentó abrumada y consternada sin saber muy bien por qué se encontraba tan cansada. Las piernas le enviaban mensajes de dolor y las manos parecían haber sido atacadas por cientos de hormigas. Se las frotó lentamente, la una con la otra, sintiendo un agradable calor que consiguió atenuar el hormigueo.
Necesitaba unos instantes para pensar en lo que había experimentado. Trató de darse una explicación lógica, achacando al estrés que sufría desde hace un tiempo, como el perverso culpable que le había proporcionado tan mala experiencia. Necesitaba relajarse y dejar de lado el miedo y comenzar a vivir expresamente con el objetivo de tratar de ser feliz.

El tren continuaba recorriendo el paisaje. La ventanilla se convirtió en el marco perfecto para enseñar la tierra y el cielo: Ese cielo azul poblado de blancas nubes que el sol utilizaba como velo para ocultar su cara de fuego.
Poco a poco, comenzó a sentirse mejor, y lo antes vivido ya quería formar parte de un pasado ávido de perderse en la distancia que otorga el tiempo. Unas horas la separaban de otro lugar, de otras gentes, de un mar tan azul como el cielo y que la mecería en los días de sol. Ansiaba llegar y sentir el contacto del agua en su cuerpo y llenarse los pulmones con esa brisa traviesa que danza por encima del agua.
Sonrió ante tan agradable perspectiva con la seguridad de que iba a conseguirlo.
La herencia de su marido le permitiría vivir sin problemas durante toda la vida y podría dedicarse a escribir y a pintar. Inmortalizaría el mar y el sol y cuando llegase la noche, escribiría sobre el cielo y las estrellas. Todo iba a ser perfecto.

Un túnel se tragó el tren. Fuera todo estaba oscuro y los haces rápidos de los focos era lo único que se podía ver. Miró fijamente para dejarse atrapar por las estelas luminosas hasta que la cara de su marido volvió a imprimirse en el cristal. Ella se levantó sacudida por una descarga de terror que le recorrió la espalda. Él la miraba, fijamente, hasta que sus ojos se convirtieron en dos puntos blancos. Sus labios le decían algo, pero ella no podía entenderlo.
Salió del compartimiento, cerrando la puerta para no seguir viendo más. Comenzó a andar en dirección al vagón- cafetería porque necesitaba mezclarse con la gente y escuchar palabras y risas. El miedo se le había agarrado a su cuerpo y no quería dejarla libre.

El túnel no parecía tener fin y los haces de luz pasaban a mas velocidad.
Llegó por fin al vagón pero no había nadie en él. Extrañada se acercó a la pequeña barra para mirar si había alguien atendiendo, pero tuvo soportar un ligero espasmo al entender que estaba sola.
Desesperada, continuó avanzando para entrar en otro vagón abriendo una de las puertas de los compartimientos... nadie, no había nadie.
Mas puertas abiertas, mas vagones recorridos. El miedo le apretaba la garganta y dentro de su cabeza reverberaban los sonidos de tren recorriendo la vía.
- ¡Por favor! ¿Hay alguien?

Esperó unos instantes, pero ninguna voz le invadió los oídos. Las lagrimas inundaron sus ojos no dejándola observar a su alrededor.
Llegó por fin al último vagón, pudiendo ver la máquina. La velocidad del tren aumentaba y ella no podía saber si era conducida por alguien. Esta posibilidad la hizo desesperarse aún más. Comenzó a golpear el cristal para comprobarlo, pero la puerta de la máquina no se abrió.
Las piernas ya no la sostenían, y el hormigueo de las manos se había extendido por los brazos. Se deslizó por la pared, hasta llegar al suelo. Cerró los ojos y trató de calmarse.
- Tranquilízate, vamos. Esto no está pasando... no está pasando. Es el estrés, y la tristeza... El mar me espera y él me ayudará... todo será perfecto.

Y sin darse cuenta, el pasado entró subrepticiamente en el presente. Abrió su boca y le susurró al oído.
- Recuerda, recuerda. En la estación... estabas sola. Solo viste a tu marido, pero no había nadie más. Recuerda, recuerda... él está muerto. Lo viste en el suelo de su despacho con la pistola todavía en su mano. Recuerda, recuerda que te arrodillaste a su lado y cogiste la pistola... Recuerda, recuerda que te la llevaste a la sien y que disparaste... Recuerda... tu también estas muerta.

El tren comenzó a reducir velocidad. Los haces de luz eran más discontinuos hasta que ya no pasaron por delante de las ventanillas. Ella se incorporó lentamente para saber que había fuera. La puerta del vagón se abrió apareciendo su marido. Le ofreció una mano para ayudarla a bajar. Ella se sentía confundida, pero no podía dejar de escuchar una voz en su cabeza que le indicaba que fuese con él.
El desconcierto había desaparecido y una paz jamás antes experimentada, la ayudó a comprender lo que el pasado le había descubierto.

Al final del túnel pudo vislumbrar una intensa luz que hipnotizó su razonamiento. Él la miró diciéndole:
- No te preocupes. Pronto estaremos juntos para siempre. Traté de decírtelo, pero pensabas que estabas viva, y por eso no podías entenderme.
- Ya no quiero sufrir mas.
- Sólo te espera felicidad. Y el ancho mar.
- Me lo prometes.
- Te lo prometo. Y ahora debemos marcharnos. El tren tiene que continuar su viaje. En otras estaciones hay gente esperando...

Comenzaron a andar en dirección a la luz. Pronto se mezclarían en ella y podrían seguir amándose contemplando el ancho mar.
Ella cerró los ojos, sintiendo que por fin, era feliz de verdad. Que el sufrimiento había terminado, y que ya nada en el mundo la separaría de su marido.
La luz la envolvió por entero y creyó volar. Miro hacia abajo, viendo el profundo azul mecido por un suave viento que refrescó su cuerpo, como el aire de aquellas montañas tantas veces admiradas y que besaban sus mejillas. Ahora los malos recuerdos ya eran parte del pasado y podría ser agua y cielo.
Había vencido a la soledad. Ahora ya podía vivir.

FIN

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